Editorial del mes de mayo de 2025

En un mundo de cambios vertiginosos, de desmontaje de paradigmas, de virtual desmontaje del anterior orden internacional, la incertidumbre es uno de los signos de los tiempos más distintivos. Se conoce hasta cierto punto el origen del virtual caos, pero se desconoce dónde podría desembocar.

En un contexto tan complejo como ese, se hacen evidentes las ausencias de liderazgos o bien comienzan a surgir los emergentes. Los liderazgos más necesarios en momentos como el actual son aquellos capaces de vislumbrar y construir un futuro de procesos de solución. Ello, a nivel internacional pero también en cada uno de los países.

Guatemala no es la excepción, pero marchamos en contrasentido a la necesidad de unificar a la sociedad, a encontrar procesos de solución a los problemas actuales de mayor peso y a encontrar un posicionamiento digno y eficaz en el complejo y vertiginoso contexto internacional.

El actual gobierno, más allá de las formalidades legales e institucionales, no fue capaz de lograr un liderazgo real, a pesar de contar con significativos aspectos en su favor, desde la expectativa ciudadana hasta una disponibilidad financiera sin precedentes. Su desconocimiento del país y la administración pública; su desconexión de la realidad; la prevaleciente política de victimización y polarización; y la evidente incapacidad de ejecutar la obra pública y el abultado presupuesto; le han hecho perder la oportunidad de ponerse al frente del país y entrar, con celeridad, a un proceso de desgaste sumamente prematuro.

Uno de los indicadores más evidentes de ello es que, cuando apenas transcurre el 33% del período de gobierno, ya se ha desatado la dinámica electoral y las precandidaturas abundan.

La falacia de pensar que delineando desde ya la disputa electoral de 2027 se resolverán los problemas, constituye una procrastinación evidente en la cual sólo se “patean” las soluciones para más adelante y se evade la responsabilidad de acometer soluciones a situaciones que no hacen más que agravarse día a día en infraestructura vial, servicios públicos y deterioro acelerado de la seguridad.

No menos desolador es el panorama al observar que en el campo ciudadano tampoco aparecen acciones constructivas y proactivas que generen liderazgos de solución, aunque deban pasar por episodios de oposición a las acciones actuales oficiales. Con matices, el panorama de los sectores académico, empresarial, cooperativo, religioso, entre otros, es el de pasividad, resignación y ensimismamiento, en tanto que los sectores sociales e indígenas tradicionales, se han acomodado a un rol confrontativo y de fuerza de choque del actual gobierno.

La radiografía social de Guatemala en este momento es la de un gobierno formal sin liderazgo, sin efectividad; de un parlamento atomizado que se une por momentos específicos alrededor de estímulos perversos y de renovada usanza; y de una sociedad fragmentada, descontenta pero resignada, y sin liderazgos que promuevan acciones que construyan soluciones. No será el Gobierno de Donald Trump ni las bendiciones del nuevo Papa León XIV, ni un milagro del cielo lo que nos encauzará hacia una construcción y ubicación de Guatemala en una urgente senda de activación, reconstrucción y avance que la población necesita. Son los esfuerzos visionarios, maduros y concretos de los guatemaltecos organizados los que deben articularse con urgencia para salir de este letargo autodestructivo y provocar que la economía, la política social, la seguridad y el posicionamiento internacional comiencen a caminar de una manera distinta y beneficiosa.

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