La más reciente medición de mega tendencias elaborada por el Foro Económico Mundial da cuenta que la variable transversal que afecta a los más grandes riesgos del año -encabezados por la alta posibilidad del estallido de conflagraciones bélicas mayores – es la incertidumbre.

Tanto se ha enraizado y profundizado esta característica que filósofos internacionales ya reflexionan acerca de si estamos en una incertidumbre prolongada o si estamos entrando al estadío de la normalización del caos, donde coexiste, por ejemplo, un partido deportivo con un bombardeo con drones con “naturalidad”.

Guatemala no es la excepción. Se dice que estamos en un umbral estratégico, pero el dilema está mal planteado. Ante los cambios institucionales en desarrollo en instituciones clave del Estado en este año 2026 las alternativas no son “la democracia” per se o el “retorno al pasado corrupto”, como lo enuncia la narrativa oficialista. Ese enunciado es una total falacia y un altísimo riesgo.

El verdadero dilema está entre la inercia autodestructiva como sociedad y la madurez para reorientar el rumbo hacia la reconstrucción del país. Ya no se trata de búsqueda de prevalencias ideológicas, sino de comprender que solo los actos de sacar adelante a Guatemala siendo tomados todos en cuenta y dejando de lado la polarización, serán los que hagan que haya rumbo de éxito y desarrollo para todos los habitantes. Sólo quienes comprendan y practiquen estas convicciones estratégicas que descansan en visión de futuro serán los verdaderos líderes. Lejos de ser actos de idealismo, paradójicamente esas acciones son las del mayor realismo necesario.

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